Es fácil reírse de las tragedias ajenas, el verdadero desafío es reírse de las propias. Cuando sufrimos los desaires del amor, o lloramos contra un rincón por nimiedades absurdas; somos perpetuos espectadores del propio dolor. La fuerza consiste en abstraerse hacia una piedra angular, desde la cual, ver, con ojo imparcial, la fundamentación de las penas, su causa intrínseca; hasta saciar la sed de curiosidad por el morbo. Luego, para el nacimiento de una cura, sacar esa mueca simiesca, seguir con un leve gorgoteo, y terminar en la carcajada desenfrenada. Conseguir transitar este proceso, es el camino hacia una verdad velada. Una verdad cínica, que ladra hacia ese enemigo interior de culpa, autocompasiones y llantos. Es mejor el desahogo en la risa, que alimentar nuestros miedos y anhelos frustrados con lagrimas de desesperación. Es fácil para muchos, diría para los millones que deambulan por orbe, ver sus tragedias como completas y universales; del mismo modo que toman como algo pasajero, las ajenas.
Las comedias, generalmente, son crueles. A veces albergan desgarradoras notas sobre seres pequeños, que, ridiculizados; generan la alegría del espectador.
Sin embargo, jamás se le ocurre al espectador que su propia tragedia es pequeña, egocéntrica y efímera. Es fácil llorar, que difícil es reírse.
lunes, 5 de enero de 2009
martes, 16 de diciembre de 2008
Pensamiento apocalíptico.
La vida es ascenso y degradación. Primero nacemos, y como el boludo ese de Heidegger diría, nos proyectamos -¿Proyectar comprensión sobre la realidad óntica?. Vaya estupidez-. Pero pasado cierto tiempo, empezamos a sentir pequeñas derrotas, achaques y dolores, aquí y allá que van anunciando que el cuerpo es putrefacción. Como no tenemos pruebas que haya otra cosa mas allá del cuerpo, excepto febriles tradiciones místicas que han tratado de convencer a la humanidad con palabras inútiles para pobres tontos, con cierto éxito inicial en épocas pretéritas.
La madurez de la humanidad deja al desnudo sus palabras vacías.
Madurez apocalíptica, vejez y olvido, televisión y circo; todo para el vulgo.
Horror por un futuro de mierda, de hambre, opresión y muerte. Es indescriptible como las mentes bien pensantes tratan de rescatar la migajas de civilización y cordura. Pero la humanidad ha sido forjada en el Mal y la putrefacción. Todo lo que vive debe perecer: esa es la Ley. Difícil de aceptar pero que cada vez se presenta mas real y viva. Sus tonos y matices se resaltan con mayor claridad.
Recuerdo de niño viendo un película sobre una guerra atómica, al mismo tiempo que veo en el presente, un grupo de burócratas idiotas viajar en helicóptero con un aparato preparado, para, en un instante, disparar misiles intercontinentales hacia todos los puntos del globo.
Pensar que hombres que se han criado en una opulencia absurda, con simples engaños televisivos pueden convencer a un hombre sensato, están equivocados. Vivimos en una época decadente, predestinada a ver la desaparición de lo que se cree la culminación del progreso humano.
Podemos ver imponentes construcciones, desarrollos tecnológicos, sobremanera complejos. Pero si vemos las obras artísticas, se destacan la decadencia, la falta de sentido de una época que desea perecer.
La madurez de la humanidad deja al desnudo sus palabras vacías.
Madurez apocalíptica, vejez y olvido, televisión y circo; todo para el vulgo.
Horror por un futuro de mierda, de hambre, opresión y muerte. Es indescriptible como las mentes bien pensantes tratan de rescatar la migajas de civilización y cordura. Pero la humanidad ha sido forjada en el Mal y la putrefacción. Todo lo que vive debe perecer: esa es la Ley. Difícil de aceptar pero que cada vez se presenta mas real y viva. Sus tonos y matices se resaltan con mayor claridad.
Recuerdo de niño viendo un película sobre una guerra atómica, al mismo tiempo que veo en el presente, un grupo de burócratas idiotas viajar en helicóptero con un aparato preparado, para, en un instante, disparar misiles intercontinentales hacia todos los puntos del globo.
Pensar que hombres que se han criado en una opulencia absurda, con simples engaños televisivos pueden convencer a un hombre sensato, están equivocados. Vivimos en una época decadente, predestinada a ver la desaparición de lo que se cree la culminación del progreso humano.
Podemos ver imponentes construcciones, desarrollos tecnológicos, sobremanera complejos. Pero si vemos las obras artísticas, se destacan la decadencia, la falta de sentido de una época que desea perecer.
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