Es fácil reírse de las tragedias ajenas, el verdadero desafío es reírse de las propias. Cuando sufrimos los desaires del amor, o lloramos contra un rincón por nimiedades absurdas; somos perpetuos espectadores del propio dolor. La fuerza consiste en abstraerse hacia una piedra angular, desde la cual, ver, con ojo imparcial, la fundamentación de las penas, su causa intrínseca; hasta saciar la sed de curiosidad por el morbo. Luego, para el nacimiento de una cura, sacar esa mueca simiesca, seguir con un leve gorgoteo, y terminar en la carcajada desenfrenada. Conseguir transitar este proceso, es el camino hacia una verdad velada. Una verdad cínica, que ladra hacia ese enemigo interior de culpa, autocompasiones y llantos. Es mejor el desahogo en la risa, que alimentar nuestros miedos y anhelos frustrados con lagrimas de desesperación. Es fácil para muchos, diría para los millones que deambulan por orbe, ver sus tragedias como completas y universales; del mismo modo que toman como algo pasajero, las ajenas.
Las comedias, generalmente, son crueles. A veces albergan desgarradoras notas sobre seres pequeños, que, ridiculizados; generan la alegría del espectador.
Sin embargo, jamás se le ocurre al espectador que su propia tragedia es pequeña, egocéntrica y efímera. Es fácil llorar, que difícil es reírse.
lunes, 5 de enero de 2009
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